miércoles, 2 de agosto de 2017

Realidades y ficciones

Algunas lecturas mezcladas, imprevistas, desordenadas, incluso descabelladas, y que por eso mismo nos deparan agradables sorpresas. Ensayo y ficción se enredan y generan curiosas conversaciones.Para (casi) todos los gustos.

[1] Hillbillies, rednecks, honkies, white trash... En su expresión más risible es el Cletus de Los Simpson, pero sobre todo es la salvaje comunidad de Deliverance y el protagonista de ese subgénero del cine de terror norteamericano conocido como “Hillbilly Horror” o “Redneck Nightmares”, en el que psicópatas rurales acosan, mutilan y asesinan a jóvenes urbanos que han cometido la equivocación de adentrarse en sus dominios.
El triunfo de Trump ha colocado en el centro del debate político a todas esas personas, englobadas ahora bajo denominaciones menos hirientes como white working class o angry white men, que constituyen el soporte electoral del populismo de derechas. Son los grandes villanos (xenófobos, resentidos, conservadores...) de la política.
Personalmente discrepo de este diagnóstico, que me parece excesivamente simplista, además de autocomplaciente. Hace un par de años publiqué un artículo al respecto, titulado "Desamparo, populismo y xenofobia".
Dos libros recientes en castellano intentan ofrecer una imagen más equilibrada de estas personas y de sus comunidades. Sus autores no son analistas externos, sino que tienen sus orígenes en esas mismas comunidades. Sus perspectivas son, sin embargo, muy diferentes.

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El primero es Hillbilly, una elegía rural (Ediciones Deusto, 2017). Su autor, J.D. Vance, nació y vivió su juventud entre el cinturón industrial de Ohio y los Apalaches de Kentucky. Sus credenciales "paletas" son inapelables. Tras terminar la escuela secundaria se alistó en los marines y sirvió en Irak. A su regreso se graduó en Derecho por la Universidad de Yale y dirige una empresa de inversión en Silicon Valley. De Paletolandia al cielo: la encarnación del sueño americano. En coherencia con su itinerario vital, aunque reivindica sus orígenes familiares y dignifica la cultura y los valores más profundos de las comunidades en las que creció, acaba explicando su actual realidad de frustración, desaliento y pobreza desde claves prosaicamente neoliberales.

La identificación: "Quizá sea blanco, pero no me identifico con los WASP (blancos anglosajones protestantes) del Nordeste. En cambio, me identifico con los millones de americanos blancos de clase trabajadora y de ascendencia escocesa e irlandesa que no tienen un título universitario. Para esa gente, la pobreza es una tradición familiar: sus antepasados fueron jornaleros en la economía esclavista del Sur, después de eso aparceros, posteriormente fueron mineros del carbón, y en tiempos más recientes maquinistas y empleados de acerías. Los estadounidenses los llaman hillbillies, rednecks (cuello rojo) o basura blanca. Yo los llamo vecinos, amigos y familia".

La dignificación: "A pesar de los reveses, mis abuelos tenían una fe casi religiosa en el trabajo duro y el sueño americano. Ninguno de los dos se engañaban pensando que la riqueza o el privilegio no importaban en Estados Unidos. Por lo que respecta a la política, mamaw tenía una sola opinión -'Son todos un puñado de ladrones'- pero papaw se convirtió en un demócrata convencido. No tuvo problemas con Armco, pero él y todos los que eran como él odiaban a las empresas de carbón de Kentucky a causa de un largo historial de conflictos laborales. Así que, para papaw y mamaw no toda la gente rica era mala, pero toda la gente mala era rica. Papaw era demócrata porque el partido protegía a la gente trabajadora. Esta actitud era compartida por mamaw: puede que todos los políticos fueran ladrones, pero si había excepciones, sin duda, eran miembros de la coalición del New Deal de Franklin Delano Roosvelt".

La explicación: "Demasiados jóvenes inmunes al trabajo duro. Buenos trabajos imposibles de cubrir durante un cierto lapso de tiempo. [...] Hay aquí una falta de voluntad: la sensación de que tienes poco control sobre tu vida y una disposición a culpar a todos los demás excepto a ti mismo. [...] Puedes pasear por una ciudad en la que el 30 por ciento de los jóvenes trabaja menos de veinte horas a la semana y no encontrar a una sola persona consciente de su propia pereza".

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No puede ser más diferente la perspectiva de Jim Goad y su Manifiesto Redneck (Dirty Works, 2017). Hay que advertir que se trata de un libro publicado originalmente en 1997.
Miembro orgulloso de la "Nación de la Basura Blanca", Goad escribe como si fuera una mezcla de Charles Bukowsky y Elmore Leonard, sin el menor respeto por la tantas veces cansina corrección política:
"El multiculturalismo es un club de campo en el que no admite la entrada a la basura blanca. Su negativa a considerar «basura blanca» y «redneck» como términos específicos de raza y clase les obliga a tener que lidiar con un montón de contradicciones que, de no ser tan potencialmente peligrosas, resultarían hasta cómicas. En su pronunciamiento por reparar viejos agravios, quienes se ceban en la basura se explayan sin descanso acerca del primitivismo de la basura blanca al tiempo que ignoran ciertas realidades desagradables del África moderna. Las manifestaciones de la estupidez de la negritud estadounidense se despachan como algo «cultural», mientras que los pecadillos de la basura blanca se condenan como simple y llana imbecilidad. Si un médico negro da la impresión de avergonzarse de los raperos gangsta que se frotan el escroto y de los sudorosos predicadores negros, enseguida se le etiquetará de vendido y de traidor a la raza. Pero cuando es un abogado blanco el que se abochorna de los hillbillies que se rascan las pelotas y de los sudorosos predicadores blancos, su repulsión se considerará absolutamente comprensible. Si un blanco manipula serpientes venenosas para probar su fe en Jesús, es un imbécil. Pero si el tipo es negro y sacrifica pollos vivos para apaciguar a las deidades vudú, lo suyo se respeta como expresión cultural válida".

Lo más interesante del libro es su énfasis en superar los análisis culturalistas que rompen irreversiblemente a las clases populares en función de la variable raza -"Se describe a los rednecks como la personificación del poder blanco, cuando el único momento en que puede que se topen con un blanco poderoso es cuando el jefe les ladra en la fábrica"-, proponiendo por el contrario recuperar la perspectiva estructural, el análisis de clases, para explicar tanto la realidad de las comunidades redneck como las vías para afrontar su posición de desventaja:
"Una fábula de guardería llamada el Sueño Americano (esa promesa de Ratoncito Pérez de un rebosante tarro de galletas gratis para cualquier niño que simplemente logre estirarse lo suficiente para alcanzarlo) ha mantenido a la mayoría de los norteamericanos en la negación amnésica de nuestras rígidas barreras de clase. Unos pocos elegidos jamás han necesitado soñar, mientras la mayor parte ha sido recompensada únicamente con sueños. La idea de que Estados Unidos se autoengaña con lo de ser una sociedad sin clases se ha expresado tantas veces que se ha convertido en un cliché. Pero es un cliché que se nos sigue olvidando.
Mientras la juventud de ahora se ve obligada a saber mucho sobre racismo, lo más seguro es que no puedan decirte una sola cosa sobre la historia del trabajo en Estados Unidos. Y es una lástima, porque les están cebando para el matadero, exactamente igual que a sus antepasados. ¿Nunca os habéis percatado de que la clase obrera blanca ya no es realmente un tema cinematográfico? Solo importa la raza, no la clase. Veréis un montón de Matar a un ruiseñor, pero cada vez menos La ley del silencio. Continuamos flagelándonos con lo de los vaqueros y los indios, pero no sentimos ninguna culpa ante lo que las compañías ferroviarias hicieron a los trabajadores del ferrocarril. No pasará ni un segundo sin que alguien ponga en bucle rollos y más rollos de policías blancos aporreando a tipos negros, pero nunca veréis metraje de los guardias de Pinkerton ametrallando a los mineros del carbón.
La mayor historia de Estados Unidos no es la del racismo, sino la de los recortes. Pero los pintamonas de los grandes medios apenas emiten un mínimo gorjeo acerca de nuestro cada vez más amplio apartheid económico. El privilegio cutáneo es, en buena medida, un mito vendido por quienes se sienten incómodos ante la idea del privilegio de clase. No se trata de la piel, se trata de la clase. No es epidérmico, es jerárquico"
.

Su final no puede ser más épico: "El chorreo de grasa cultural de los años sesenta ya no es aplicable en el siglo XXI. Pero la política de clases sí. El anti-industrialismo también. El individualismo rural redneck, que, en cierto momento se consideró un signo inequívoco de retraso mental, parecerá sensato de cara a la desbordante superpoblación. Hay un montón de filósofos de primera clase ocultos en las colinas, demasiado inteligentes para volver a acercarse siquiera a la ciudad. Hace mutis el progre blanco. Entra en escena el redneck. La vanguardia es la vieja guardia. El East Village es zona muerta. San Francisco es el cráter de un bombardeo. La Orilla Izquierda se ha hundido en el río. La bohemia es tierra quemada. Pero las colinas siguen en pie. MONTANI SEMPER LIBERI". 
¡Ostras, es pura lírica desglobalizadora y recomunizadora!.

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Pero, ¡ay!, el imaginario literario y cinematográfico es tan potente... Tenía pendiente de leer una de las primeras novelas de Cormac McCarthy, publicada originalmente en 1973: Hijo de Dios (Debolsillo-Random House Mondadori, 2009). Terrible visión de las comunidades rurales norteamericanas: pobreza, sexo, violencia, necrofilia...

"El dueño del vertedero había criado a nueve hijas y les había puesto los nombres a partir de un antiguo diccionario médico extraído de los escombros que recogía. Toda esta camada desgarbada, cuyo pelo negro les colgaba por las axilas, estaba ahí sentada en sillas y en cajones, holgazaneando inocentemente día tras día por el pequeño jardín vacío de restos de basura, mientras su agobiada madre las llamaba una por una para que le ayudasen en las tareas de la casa y una por una se encogían de hombros o parpadeaban de forma cansina. Uretra, Cerebelos, Hernia Sue. Se movían como gatos y como gatos en celo atraían a mozos de los alrededores hacia el estercolero, hasta que el viejo empezó a salir por la noche y a disparar con una escopeta al azar, simplemente para aclarar el aire. No era capaz de diferenciar quién era la mayor o qué edad tenían o si deberían salir con chicos o no. [...] Una por una se fueron quedando embarazadas. El padre solía pegarles. La madre no hacía más que llorar. Hubo tres nacimientos aquel verano. La casa se iba llenando poco a poco, las dos habitaciones, la caravana. Dormían desparramados por todos sitios. Una trajo a casa al que se supone que era su marido, pero sólo se quedó un día o dos y después ya no volvieron a verle nunca más. La de doce años comenzó a hincharse".

"Te juro que me cogieron, Lester, aseguró Kirby.
¿Te cogieron?, le preguntó Ballard.
Este es mi tercer año de libertad condicional.
Ballard se quedó mirando la pequeña habitación, el suelo de linóleo y los muebles baratos.
¡Que les den por el culo!, gritó.
¿No es una putada? Nunca pensé que enviarían negros".

"Durante mucho tiempo había llevado consigo la ropa interior de sus víctimas femeninas, pero ahora también le había cogido gusto a eso de ponerse su vestimenta. Una muñeca gótica con ropa mal puesta, la boca de carmín vagando indiferente y brillante en el paisaje blanco".

[2] La segunda conversación entre realidad y ficción es la que se inicia con la lectura de los ensayos sobre vegetarianismo de Tolstói recogidos con el título de El primer peldaño (Kairós, 2017). Ensayos que nos impulsar a repensar todos esos automatismos que sostienen nuestra vida moderna sobre la base de la incontinencia y la desmesura -"No tenemos sueños baratos"-, para recosntruir nuestra existencia desde la moderación y la austeridad:

"Existe una escalera de la virtud, y se debe empezar por el primer peldaño para subir al siguiente; y la primera virtud que debe adquirir una persona si quiere llegar a la siguiente es lo que en la antigüedad llamaban autocontrol o moderación. [...] La abstinencia es el primer peldaño de cualquier vida moral. Pero la abstinencia no es algo que se logre de golpe, sino paso a paso. [...]
¿Qué quiero decir con esto? ¿Que para que una persona sea moral debe dejar de comer carne? En absoluto. Lo único que quiero decir es que para llevar una vida moral es imprescindible un orden determinado de acciones morales [...] y que en este orden la primera virtud sobre la que trabajará será la abstinencia, el autocontrol. Y para lograr este autocontrol, también seguirá inevitablemente un orden determinado, que empezará por la abstinencia en la comida: el ayuno. Y si la persona desea sinceramente llevar una vida moral, de lo primero que se abstendrá es de comer animales, porque -ya sin entrar en cómo esta alimentación excita las pasiones- su uso es directamente inmoral: exige el asesinato y es un acto contrario a nuestra moralidad que nace sólo de la avidez y del deseo de glotonería".

Y del ensayo a la novela: La vegetariana, de la surcoreana Han Kang (:Rata_, 2017). Es uno de los libros que más me han gustado en los últimos tiempos. Lo he leído con absoluta emoción.
Cuenta la historia de Yeonghye, una mujer sin ningún atractivo en particular, que un día decide hacerse vegetariana. Estructurada en tres capítulos, es su marido quien narra esta primera parte de la historia. No sabemos cuál es la razón de este cambio. La protagonista sólo se expresa en contadas ocasiones y hay sueños de sangre y carne consumida. Pero el caso es que su decisión encadena una sucesión de conflictos. No es sólo el hecho de no poder comer carne. Todo su mundo (un mundo construido sobre la carne) se desmorona:
"-¿Qué te pasa?
-Estoy cansada.
-Por eso tienes que comer carne. No tienes fuerzas porque no comes. Antes no eras así.
-Es que...
-¿Qué?
-Hueles.
-¿Huelo? ¿A qué?
-A carne. Tu cuerpo huele a carne.
Me reí con una sonora carcajada.
-¿No me has visto? Acabo de ducharme. ¿Dónde huelo mal?
-Cada uno de tus poros... -respondió ella muy seriamente".

El segundo capítulo, narrado por el marido de su hermana Inhye, parece cambiar de tema. Pero no es así. Obsesionado con su cuñada, ya divorciada, cuerpos pintados de flores se encuentran con una sensualidad extrema, que acabará en una nueva tragedia familiar:
"Esta vez pintó con amarillo y blanco enormes flores desde las clavículas hasta el pecho. Si en la espalda había pintado flores nocturnas, en el pecho iba a pintar radiantes flores diurnas. Un lirio de mañana de color naranja floreció en la concavidad de su vientre y sobre sus muslos cayeron profusamente hojas grandes y pequeñas de color dorado. [...] Viéndola aceptar tranquilamente todo este proceso, le pareció que era un ser sagrado, un ser del que no se podría decir ni que fuera humano ni animal, o quizá un ser que estaba entre la vegetalidad, la humanidad y la animalidad".

El tercer y último capítulo nos encontramos a la protagonista ingresada en un sanatorio psiquiátrico. La descripción del acceso de la hermana de Yeonghye al sanatorio me ha recordado una de las escenas más mágicas de la fascinante película de animación El viaje de Chihiro:
"Después de tomar en la encrucijada el camino estrecho que cruza la pendiente y atravesar un túnel de unos cincuenta metros  de largo, aparece en medio de las montañas el pequeño sanatorio. Aunque la lluvia ha amainado un poco, todavía caen gotas bastante fuertes y continuas. Se inclina para arremangarse los pantalones y ve la hierba carnicera abatida sobre el asfalto. Se acomoda al hombro la tira del voluminoso bolso y, tapándose bien con el paraguas, se encamina hacia el sanatorio".
Por cierto, unas páginas más adelante se hace referencia al autor de esa y de otras inolvidables películas, Hayao Miyazaki. Inspiración...
En este último capítulo, hermosísimo, culmina la historia,:
"-Inhye... Todos los árboles del mundo me parecen mis hermanos. [...]
-Ya no son un animal -dijo Yeonghye muy bajito, escrutando la habitación vacía, como si estuviera revelando un importante secreto-. Ya no necesito comer. Puedo vivir sin alimentarme. Me basta con el sol".
Precioso relato.

Del ensayo a la ficción, y otra vez al ensayo. La conversación continua con el libro de Frank Dikötter La gran hambruna en la China de Mao (Acantilado, 2017).
Documentadísima investigación sobre la hambruna provocada por la descabellada iniciativa de Mao conocida como "Gran Salto Adelante". Obsesionado por alcanzar el nivel de desarrollo de Gran Bretaña en quince años, la sucesión de errores, ignorancias, violencia, incapacidades, puestas en marcha por las estructuras tiránicas de un sistema tan inepto como corrupto tuvo como consecuencia la muerte de 45 millones de personas entre 1968 y 1962, a causa de la violencia, las enfermedades, los trabajos forzados y el hambre.
Un libro que debería ser de lectura obligada para cualquiera que, con la mejor intención, desee transformar la realidad.

[3] Y termino por ahora con un libro que, él solo, reúne ficción y realidad en una misma historia. Se trata de El valle asesino, de Frank Westerman (Siruela, 2017).
La noche del 21 de agosto de 1986 algo terrible ocurrió en la zona del lago Nyos, en el noroeste de Camerún. Cuando amaneció el día, 1.741 personas, mujeres, hombres y niños, aparecieron muertos, sin que sus cadáveres presentaran signos de violencia. También habían muerto los animales domésticos, así como muchos animales: babuinos, cebúes y pájaros. ¿Cuál pudo ser el motivo? ¿Alguna forma de actividad volcánica? ¿Una bomba destinada a diezmar a la población anglófona? ¿Algún tipo de venganza de los dioses ancestrales?
Vulcanólogos que compiten entre sí, misioneros occidentales, políticos locales, antropólogos, intentan buscar una explicación:

"Ahí, en el mercado de Lower-Nyos, el padre Jaap dice en voz alta, con las manos sobre las mejillas: «Is this no Satan's work?». Suena muy distinto a las palabras de Tazieff: «Le gaz toxique est du gaz carbonique». Los sonidos que ambos emiten son fundamentales, pero los sonidos pertenecen a dos registros incomparables entre sí. Los predicadores del reino de los cielos no se conforman con causas carentes de sentido. Fred, Jaap y Dean se plantean la pregunta más difícil de todas: ¿por qué? Pero ¿también tienen la respuesta?".

"Comprendí que, en el caso de Nyos, el padre Jaap había puesto en marcha esa personificación al preguntarse en voz alta: «Is this no Satan 's work ?». En medio de todos esos muertos en el mercado de Lower-Nyos, Jaap siente la presencia de una fuerza oscura a la que atribuye de inmediato la apariencia del demonio. Por el mero hecho de articular la pregunta, Jaap la está creando. La entrada en escena de Satán cambia radicalmente la representación de los hechos: de pronto, ya no se trata de una extraña pero en esencia simple catástrofe natural". 

"No tenían ninguna fe en los científicos.
-Hablé con unos franceses que lo achacaban todo a un gas. «Ve a contarlo a tus parroquianos», me dijeron. -Si ni siquiera tenemos una palabra para eso -observó Bonaventure-. Tenemos una palabra para el viento, y para el aire, pero no para «gas»". 

"Hubo alguien que había visto venir la venganza del lago, pero ya no podía contarlo: shey Nyasema, el vidente de Upper-Nyos. El viejo Nyasema -solía acudir a diario a la gruta de los murciélagos para meditar- poseía dos pares de ojos: unos normales y visibles, ahí donde los tiene todo el mundo, y otros invisibles, con los que acertaba a ver cosas que permanecían ocultas para los demás. […] El vidente le juró y le perjuró que en el lago se estaba acumulando demasiado rencor. Junto a la gruta de los murciélagos, las hojas del arbusto de los dioses, el nkeng, se habían secado de repente, adquiriendo un color marrón rojizo, y, curiosamente, todas apuntaban en la dirección del lago Lwi, el lago bueno, también conocido como lago Nyos".

sábado, 22 de julio de 2017

Ascensión al Eskutxi y cervecita en Maroño

Hacía años que no me acercaba hasta la Sierra Salvada, también llamada Gorobel. Años.Aunque muy humanizada, para facilitar la vida a quienes en la zona siguen viviendo de la ganadería, es de una belleza espectacular. Una pista excelentemente conservada -con la excepción de un par de tramos- permite el acceso de vehículos todoterreno desde los diversos pueblos del Valle de Ayala (Salmantón, Añes, Madaria...) hasta las mismísimas entrañas de la Sierra, a través del Portillo de Aro, a 1.000 metros de altitud.
Yo he salido de Salmantón, por una pista que, la última vez, no estaba tan asfaltada como lo está ahora. En todo caso, observar desde el camino la mole de la Peña de Aro sigue siendo un espectáculo.


Desde el Portillo de Aro he subido directo hasta el Pico de Añes (sin buzón, sólo un montón de piedras).



Desde allí he enfilado hacia el Eskutxi (1.180 mts. según el buzón cimero, 1.985 según Mendikat), siempre caminando cerca del precipicio, para disfrutar de las vistas.



Aunque a ratos conseguimos caminar sobre hierba (¡y lo que se agradece!), el terreno es lapiaz de diaclasas (afloramientos de piedra caliza), fragmentado y lleno de grietas, por lo que hay que prestar atención a nuestros pasos. No sé si lo he contado alguna vez, seguro que sí, pero el caso es que desde siempre me han fascinado las piedras agujereadas por la acción del agua que se encuentran en el monte. Aunque regalo bastantes, tengo cajas: manías. Pues este terreno es pródigo en tales piedras. Dos ejemplares han encontrado hueco en mi mochila. (No los de las fotos, que eran enormes).



Desde la cumbre del Eskutxi, en dirección al Ungino, un inmenso rebaño de ovejas pastaba junto al barranco, en torno a un vértice geodésico. Nunca había visto tamaña concentración ovina por estos lares.

Tras las fotos, tocaba regresar. A la vuelta, he pasado por el Pico de Aro. Desde ahí, los farallones de la Sierra se ven espectaculares.


Vuelta al Portillo, despedida a San Vitores, patrón de los pastores, y camino abajo hasta Salmantón.



Eso sí, antes de enfilar definitivamente hacia casa, parada en el Guzurtegi para tomarme una cerveza fresquita y disfrutar de las vistas que, desde ahí, nos ofrece Salvada.




lunes, 3 de julio de 2017

Ocho lecturas bien diversas, pero con un común denominador: lo salvaje (más o menos)

Guillermo Arriaga, El salvaje, Alfaguara 2017.

Dos historias discurren en paralelo en esta novela-río de 694 páginas: una tiene lugar en México, otra en Alaska.
Una es la historia de Juan Guillermo, un adolescente de 17 años que vive en la colonia Unidad Modelo de Ciudad de México con sus padres y su hermano mayor, Carlos. Trabajadores esforzados y honestos, sus padres les han transmitido un irreprimible amor por los libros: "Cuando Carlos y yo éramos niños, mis padres distribuyeron estratégicamente libros por toda la casa. En el baño, los pasillos, sobre las mesas, junto a la cama. No importaba si los libros se ensuciaban, mojaban, rompían. Si los subrayábamos o doblábamos. Mis padres los consideraban pertrechos de guerra, no inanes artículos de lujo. Mi hermano y yo quedamos contagiados por la glotonería cultural de mis padres. Leer, leer, leer". Y, en efecto, los libros y sus autores son un elemento importante en la historia de Juan Guillermo, como lo son sus amigos el Jaibo, el Agüitas y el Pato, y Chelo, la mujer a la que ama y por cuyo amor compartido sufre. El asesinato de Carlos, traficante sui generis de drogas, por un grupo de ultras católicos (que guardan semejanzas con los "cristeros" de los años Veinte) aliados con la corrupta policía. La muerte de su hermano desencadenará su venganza..
La otra es la historia de Amaruq, cazador nativo dispuesto a arriesgarlo todo por capturar al más grande y feroz de los lobos del Yukón.
Y es, también, la historia de dos lobos: el ya citado Nujuaqtuuq, el gran lobo de Alaska, y Colmillo, un lobo tomado por perro feroz en México y condenado a vivir encadenado.
Una historia, unas historias, tan improbables que, sin embargo, funcionan al sumergirnos en un mundo violento, físico, sensual, en el que las dos historias acaban confluyendo en un relato de redención: la del lobo encadenado que vuelve a la selva, la del vengador obsesionado que se descubre incapaz de asesinar.

Catherine Poulain, Allí, donde se acaba el mundo, Lumen 2017.

Inspirada en su experiencia como pescadora en un barco en Alaska, la novela de Poulain comparte un cierto aire de familia con la de Arriaga. No por su estilo, mucho más contenido, ni por su temática, tan realista que a ratos parece una etnografía de las comunidades pesqueras alaskeñas.
La novela se divide en dos partes. En la primera, titulada "El corazón de los fletanes", acompañamos a la protagonista, Lili, en su aventura a bordo del Rebel, pescando bacalao, fletán y cangrejo en las heladas y agitadas aguas del Golfo de Alaska: agotamiento, dolor, esfuerzo físico, que sin embargo no logran quebrar la voluntad de esta aparentemente frágil francesita -"¡Os he traído de vuelta al pajarito!", grita el patrón- capaz de superar cualquier obstáculo en un mundo "macho" hasta el extremo:
"Terminé olvidando que debía morir aquel día. Me sentía feliz entre ellos. Me seguía doliendo mucho la mano. Los hombres se levantaron y yo me levanté con ellos.
- No hace falta que vengas ahora mismo -me dijo Ian.
- me encuentro estupendamente -le aseguré.
Y regresamos a cubierta. Quería estar con ellos siempre, que pasáramos frío, hambre y sueño juntos. Quería ser un pescador de verdad. Quería estar con ellos siempre".
La segunda parte, titulada "El gran marinero", desarrolla la compleja, sensual, alcohólica relación entre Lili y Jude, uno de los tripulantes del Rebel, enigmático y telúrico. Si en la primera parte la tensión sexual que acompaña la experiencia de una mujer en un mundo masculino hasta el extremo se mantiene en general en un segundo plano, en esta segunda parte se torna central y es narrada sin corrección ninguna, lo que en más de una ocasión me transmitía una incómoda impresión de sumisión:
"He soñado que todo volvía a empezar. De nuevo, el frío, el agua dentro de las botas, las noches de pesca, el mar oscuro y brutal como lava negra, mi rostro embadurnado de sangre, el vientre liso y pálido de los peces que abríamos, el Rebel más negro que la noche, rugiente, sumergiéndose en un terciopelo helado, las tripas esparcidas por la cubierta. Las horas desfilaban, el tiempo carecía de sentido. El gran marinero gritaba, aún de pie y solo frente al océano. Y yo había decidido que todo sería así siempre, que navegaríamos por la tinta la noche y el terciopelo con una estela de aves pálidas y chillonas a la zaga; que no regresaríamos nunca, que no volveríamos a ver tierra firme jamás, y todo ello hasta la extenuación, permanecería junto al hombre que grita para verlo oírlo siempre, y seguirlo en la alocada carrera, pero jamás lo tocaría, tocarlo ni siquiera se me pasaba por la cabeza".
Pero será que es así la vida, allí, donde se acaba el mundo.

Marilynnne Robinson, Lila, Galaxia Gutenberg, 2015.

"Y ella llevaba su propia vida grabada bien a la vista de todos, lo sabía sin tener que mirarse porque así les pasaba a todas las mujeres que conocía. Y no sabía cómo había encontrado al único hombre en la tierra que no lo veía. O a lo mejor lo veía a su modo porque había leído aquella parábola, o poema, o lo que fuese. [...] Así que bien podría ser que él la viera como a alguien salido directamente de la Biblia, alguien que conocía todas esas cosas que pueden pasar y nadie tiene las palabras para contarlas". He subrayado esta frase porque creo que sirve como resumen de la hermosísima historia que nos cuenta este libro.
Lila, es una joven huérfana, criada con un grupo de mujeres y hombres nómadas que, en la mejor tradición de los hobos y trabajadores precarios protagonistas de tantas novelas de Steinbeck, recorre el Medio Oeste norteamericano en los años previos a la Gran Depresión buscándose la vida como pueden. En una época, incluso hubo de trabajar en cierta "casa en San Luis" donde "la Señora", por mor de la respetabilidad, llamaba a sus clientes "caballeros" [...] "y se suponía que las chicas eran las damas".
Por eso, cuando Lila se encuentra con el viejo reverendo John Amesen, viudo, predicador en el pueblo de Gilead, Iowa, y este la convierte en su esposa, su pasado no deja de perseguirla. Pero, para su absoluta sorpresa, lo que encuentra en su esposo es la entrega, la confianza y el agradecimiento más incondicionales:
"- Me parece que me pasa algo, querido. No puedo amarte tanto como te amo. No puedo sentirme tan feliz como me siento.
- Lo sé dijo él-. No creo que sea nada que deba preocuparnos. A mí no me preocupa, de verdad.
- He dejado tantas cosas atrás, una vida.
- Lo sé.
- No se parecía en nada a ésta.
- Lo sé.
- A veces la echo de menos.
Él asintió.
- No somos tan distintos. Yo echo de menos algunas cosas".
La novela transcurre con tanta suavidad que en ocasiones puede resultar desconcertante. Pero si hacemos el esfuerzo de dejarnos tocar por su ritmo pausado descubriremos una maravillosa historia. Interesante esta entrevista a su autora, que nos ayuda a enmarcar el libro.

Jo Nesbo, La sed, Roja y Negra-Penguin Random House, 2017.

Saltamos de género. Hace tiempo que sigo con fruición las andanzas de Harry Hole, comisario de la policía de Oslo ahora ya retirado, pero reclutado de nuevo para investigar los brutales asesinatos de un aterrador imitador de Drácula. No faltan las maniobras del taimado y corrupto jefe de policía Mikael Bellman, ni las complicadas relaciones familiares de Hole. Por cómo termina, queda claro que habrá una nueva historia. De alguna manera, lo anunciaba el autor en una entrevista. Espero que no tarde mucho.


Antonio Manzini, Una primavera de perros, Salamandra, 2016.

Seguimos con la novela policíaca. Esta es la tercera entrega de las novelas protagonizadas por el subjefe de policía Rocco Schiavone, trasladado como castigo de su añorada Roma al, para él, remoto y aburrido Valle de Aosta, donde continúa empezado en su particular e inútil protesta: negarse a cambiar sus elegantes zapatos Clarks, periódicamente destrozados por la lluvia y la nieve de la región, por unas botas de montaña, más apropiadas para el clima alpino. En esta ocasión, la investigación del secuestro de la hija de una rica familia de constructores de la zona le llevará a descubrir un submundo mafioso inesperado en una zona en principio tan pacífica y tranquila.
Publicitado como "el Montalbano de Aosta", la verdad es que hay aspectos tanto del personaje (irascible y enfrentado a la autoridad) como de las tramas que recuerdan demasiado a las geniales historias de Camilleri. Pero se lee muy bien.

Joe Abercrombie, Filos mortales, Alianza Editorial, 2016.

Y de un género, el policíaco, a otro, aunque en esta ocasión habrá quien lo considere más bien un subgénero: el de fantasía. Para entendernos, y por si sirve para "prestigiar" esta faceta oscura de mi librivorismo: el tipo de novelas que firma George R. Martin en su saga Juego de tronos. Es broma esto de disculparme: declaro públicamente que disfruto como un enano (o como un elfo, o una hechicera, o un troll...) con este tipo de literatura, cuando es buena. Y las novelas de Abrecrombie lo son. Hay batallas y hay magia, claro, y guerreros y matanzas a mansalva, pero hay, también, una complejidad en las historias y en los personajes muy destacable. Sólo así se puede entender que una curiosa pareja de lesbianas, formada por una habilísima espadachina y una no menos diestra ladrona, protagonice algunos de los momentos más logrados de este libro.
En una entrevista, dice Abercrombie: "A veces me acusan de traicionar la noble herencia de Tolkien, de ser una especie de doctor Frankenstein obsesionado por ensamblar todo lo bueno que hay en él hasta convertirlo en un monstruo. Pero igual que las películas de Sergio Leone no tratan de corromper el wéstern sino que nacen del amor real por él y del deseo de renovarlo, yo también creo que se deben abrir nuevos caminos".
No es mala presentación.

William E. Bowman, Hasta arriba, Blackie Books, 2016.

Y de la fantasía heroica al humor.
Una expedición británica se aventura a escalar por primera vez el monte Kurda Rarí, "el último baluarte de la Naturaleza contra el espíritu de conquista humano", enclavado en las remotas tierras de Yoguistán. Compuesta por el más estrafalario grupo de personas que cabe imaginar -un experto en orientación que continuamente debe ser rescatado tras extraviarse, un fotógrafo que pierde todos sus instrumentos, un cocinero nativo cuyo nombre, Puag, lo dice todo-, comandados por un jefe de expedición cuya idea de mantener el espíritu de equipo consiste en conversar sobre la situación sentimental de los expedicionarios hasta provocarles el llanto, 3.000 porteadores y una inagotable reserva de champán "con fines medicinales".
No debe extrañar que acaben dando vueltas en círculo en un glaciar a la manera de una conga alpina, en el fondo de una grieta tras una rocambolesca operación de rescate, o cargados a las espaldas de los porteadores yoguistanís mientras estos superan sin esfuerzo cuantos obstáculos aparecen en su camino. Este hilarante fragmento nos da el tono del relato:

Los transistores se hacían a pequeña escala para ahorrar peso y su alcance era, por tanto, limitado. A veces era necesario transmitir los mensajes por medio de uno o dos intermediarios. A tenor de mis experiencias de juventud en fiestas infantiles, decidí que era aconsejable ensayar un poco. Ordené al equipo que formara un corro amplio que abarcase toda la anchura del glaciar, de modo que pudiéramos enviar los mensajes en redondo. En un principio tuve serias dificultades para pensar un mensaje. Tenía la sensación de que se me había congelado el cerebro y por unos minutos me sentí como un necio. Por fin, no sé cómo, conseguí componer el primer mensaje: "Qué sereno está el Kurda Rarí en la alborada".
Cuando lo recibí decía: "Tostón seso frito".
Tras pensarlo brevemente, envíe otro: "Por favor, presten mucha atención al mensaje". Pero también volvió un "Tostón seso frito".
Era absurdo. A modo de experimento transmití entonces: "Tostón seso frito" que volvió como "La voz del líder es música para los oídos de sus acólitos".

Humor británico al estilo de Jerome K. Jerome. Por cierto: "subir alto" y "ponerse ciego" en inglés se dice empleando el mismo término high. Ahora mira de nuevo la portada del libro...


Edward Thomas, Poesía completa, Editorial Pre-textos, 2012.

Y un último giro estilístico nos lleva a la poesía.
Edward Thomas (Inglaterra, 1878 - Francia, 1917) fue un poeta tardío cuya obra completa fue escrita desde apenas tres años antes de que muriera combatiendo en la Primera Guerra Mundial, en la batalla de Arras.
Y aunque la guerra aparece en algunos de sus poemas, como en "Un soldado" o "In memoriam (Pascua, 1915)", el tema central de estos poemas es la naturaleza rural de la campiña inglesa, especialmente de las tierras de Gales, con sus gentes y sus tradiciones. Selecciono dos de sus poemas:

DESHIELO
Sobre el paisaje, moteado por la nieve,
los grajos, conversando en sus nidos, graznaban
y en lo alto de un frágil olmo, contemplaban
lo que nosotros no veíamos: irse el invierno.

LAS VERDES SENDAS
Las verdes sendas que terminan en el bosque
las cubre blancas plumas de gansos este junio
como marcas de alguien que mostrara sus pasos
al interior del bosque, pero no ha regresado.
En cada senda, una cabaña mira al bosque.
Una la cubren las ortigas; otra, las flores.
En una va un anciano solo por entre el bosque; 
de la otra se ve partir tan sólo un niño.
Entre los setos que rodean este bosque,
un tordo canturrea su canción todo el día.

Mención especial merece la minuciosa labor de edición y traducción de Gabriel Insausti.
Un libro para degustar este verano.

viernes, 30 de junio de 2017

Nazis a pie de calle


Resultado de imagen de nazis a pie de calle

Cualquier aproximación al nazismo desde una perspectiva macro resulta tan apabullante como estremecedora: su capacidad de movilizar una poderosa maquinaria bélica y su estrategia de la «guerra relámpago»; el dominio, junto con sus aliados, de un inmenso territorio que, en su momento más álgido, incluía la Europa continental, Escandinavia, los Estados bálticos, Bielorrusia, la mayor parte de Ucrania y grandes extensiones del territorio ruso, además de Libia o Egipto; y, por supuesto, las cifras del asesinato burocratizado, eficiente y racional, sin parangón en esa era de los genocidios (Bernard Bruneteau, El siglo de los genocidios, Alianza Editorial, Madrid, 2006) que ha sido el siglo XX: más de 40.000 campos de concentración y detención, guetos, factorías de trabajos forzados, en los que estuvieron internadas entre 15 y 20 millones de personas, de las que murieron al menos 6 millones, 500 burdeles de prostitución forzada y miles de centros para practicar la eutanasia o forzar abortos (Eric Lichtblau, «The Holocaust Just Got More Shocking», The New York Times, March 1, 2013).

Pero, en mi opinión, lo más relevante del fenómeno nazi, tanto desde un punto de vista científico como desde el simple interés humano, es su dimensión micro: su enraizamiento en la sociedad alemana, la forma en que se extendió conquistando corazones y mentes, su normalización cotidiana… Destacan, desde esta perspectiva, los testimonios autobiográficos de personas que vivieron y sufrieron en primera persona las transformaciones que, al principio de manera sutil, modificaron radicalmente la estructura política, social y moral de la sociedad alemana. Me refiero a libros como los de Sebastian Haffner (Alemania: Jekyll y Hyde, Destino, Barcelona, 2005; Historia de un alemán. Memorias 1914-1933, Destino, Barcelona, 2001), Edgar Feuchtwanger (Hitler, mi vecino, Anagrama, Barcelona, 2014), Joachim Fest (Yo no, Taurus, Madrid, 2007) y, sobre todo, a los minuciosos diarios que Victor Klemperer escribió entre el 14 de enero de 1933 y el 10 de junio de 1945 (Quiero dar testimonio hasta el final, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2003, 2 vols.). Pero también a las obras de historiadoras e historiadores como Peter Fritzsche (Vida y muerte en el Tercer Reich, Crítica, Barcelona, 2009; De alemanes a nazis: 1914-1933, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2009), Claudia Koonz (La conciencia nazi, Paidós, Barcelona, 2005), Robert Gellatelly (No sólo Hitler. La Alemania nazi entre la coacción y el consenso, Crítica, Barcelona, 2002). O a historias locales como La toma del poder por los nazis, en la que William Sheridan Allen disecciona la penetración y triunfo del proyecto nazi en la pequeña ciudad de Northeim (Ediciones B, Barcelona, 2009), y en la que ofrece una clave esencial para entender el éxito del proyecto nacionalsocialista: «El Führer alcanzó la cúspide de su poder porque sus seguidores tuvieron éxito en el nivel más bajo, en las bases»

Y es en este nivel en el que Jesús Casquete realiza la investigación que ha dado lugar al libro que ahora reseñamos. El autor se centra en las Tropas de Asalto, las famosas SA, «el nacionalsocialismo hecho cuerpo», tal como las calificó uno de sus máximos responsables (p. 21). Nacidas en 1920, el mismo año de la fundación del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), compuestas en sus inicios por antiguos soldados desmovilizados (los Freikorps), ultranacionalistas, violentamente anticomunistas (Cap. 7) y visceralmente antisemitas (Cap. 6), las SA van a constituir las brigadas de choque del movimiento nacionalsocialista desde mucho antes de que este se hiciera con las riendas del poder en Alemania. 

Como señala el autor ya desde el mismo título, en su libro se despliega una mirada «a pie de calle, a ras de suelo, atenta al detalle y que destaca lo que los miembros de las SA hacían (su praxis) en el día a día» (p. 25). Y lo que hacían, y el libro de Jesús Casquete nos lo muestra con todo detalle, era reventar los actos políticos de sus adversarios, sobre todo de los comunistas, ocupar la calle con su estética y su cultura paramilitar, pero también y sobre todo normalizar discursos, comportamientos, aspiraciones e imaginarios que, con el tiempo, acabarán por constituir el núcleo de la cosmovisión nacionalsocialista. Resultan, en este sentido, particularmente interesantes los capítulos dedicados a la visión sobre la mujer y sus funciones en el proyecto nacionalsocialista (Cap. 5) y al cambio experimentado en los nombres de pila asignados a los recién nacidos, de manera que las referencias a la tradición cristiana (Johann, Matthias, Peter, Agnes, Christine, Therese…) van a ser sustituidas por nombres derivados de la tradición germánica, como Kurt, Sigfried, Ulrich o Waldemar para los varones y Edda, Gudrun o Gerda para las mujeres (Cap. 12). 

Pero, a pesar de esta sustitución de la cosmovisión ligada a la tradición cristiana por la mitología germánica, el libro también analiza la conformación de un «cristianismo alemán», de orientación esencialmente protestante, al servicio de la causa nacionalsocialista (Cap. 9). Siguiendo una línea de investigación en la que el autor es un referente reconocido, una parte central del libro está dedicada a la construcción de todo un imaginario heroico, con sus héroes y sus mártires (Cap. 3), aunque en muchos casos estos tuvieran que ser objeto de un «pulido póstumo» con el fin de adecuar su vida, en ocasiones poco edificante, y hasta su muerte, no siempre ocurrida en situaciones épicas, a las expectativas del citado imaginario (Cap. 11). En relación con esto, el libro analiza también los ritos funerarios con los que se despedía a estos mártires (Cap. 10). 

Por cierto, y en contraste con este imaginario épico y martirial, uno de los capítulos que más me ha sorprendido e interesado es el dedicado a analizar la existencia de un sistema de seguros que permitía a los miembros de las SA asumir con ciertas garantías los riesgos derivados de su práctica violenta y, en sus inicios, ilegal: «Gracias a los seguros de que se dotaron, los nazis pudieron involucrarse en acciones violentas con mayor tranquilidad. […] Para atemperar los efectos paralizantes del miedo, la dirección de las SA diseñó un esquema de seguros para cubrir a los fieles a la causa en casos de percances ocurridos en el ejercicio de sus deberes de militantes. […] La estrategia de brutalidad y terror callejeros para hacer avanzar la «idea» se vio facilitada porque sus principales ejecutores, los hombres de las Tropas de Asalto, estaban cubiertos por un sofisticado sistema de seguros» (pp. 162-163). Una locura, sí, pero con método. 

Construido a partir de un minucioso trabajo de documentación sobre fuentes primarias procedentes de diferentes archivos, bibliotecas y centros de documentación de Alemania, en este libro encontramos multitud de de informaciones que nos invitan a profundizar en la realidad de un micro-nazismo sin cuya existencia, obstinada, tal vez nunca hubiese sido posible el triunfo de Hitler: «Este libro pretende mostrar que, sin la labor de zapa de la democracia practicada por las SA durante la primera experiencia democrática en Alemania, esos genocidas nunca habrían disfrutado de la posibilidad de poner en práctica su proyecto totalitario de ingeniería social» (p. 26). Creo que lo logra.

martes, 13 de junio de 2017

Elecciones, desahucios, Escandinavia, tribus, ciudades (secretas y no), conversación, enseñanza (erótica) y... Enzensberger

Recupero algunas lecturas realizadas hace semanas, que por su diversidad pueden ser de interés para bastantes de las personas que acostumbran acercarse a este blog. Todas son ensayos o trabajos de investigación. De las novelas nos ocuparemos próximamente.


Empezamos con el libro Contra las elecciones. Cómo salvar la democracia (Taurus, Barcelona 2017), del arqueólogo belga David van Reybrouck. Arqueólogo, sí. Y para salvar la democracia de los muchos males que la aquejan (crisis de legitimidad de los responsables políticos, volatilidad electoral, debilitamiento de la capacidad de actuación de las instituciones, etc.), derivados según el autor de su reducción a simple mecanismo de elección periódica de representantes, mira al pasado, concretamente a un sistema como el que se empleaba en la antigua Atenas o en ciudades Estado como Florencia: el sufragio por sorteo, o "demarquía". Aunque, en realidad, su propuesta no es antirrepresentativa, sino "birrepresentativa":
"Hoy en día debemos encaminarnos hacia un modelo birrepresentativo, es decir, una representación popular obtenida tanto por elección como por sorteo. A fin de cuentas ambos sistemas tienen sus cualidades: la experiencia práctica de los políticos profesionales y la libertad de los ciudadanos que no dependen de la reelección. De este modo, el modelo electoral y el aleatorio van de la mano".

El libro esté escrito con un tono ágil, el autor transmite convencimiento y hasta impulsa una iniciativa, denominada G1000, construida en torno a la idea de las "cumbres ciudadanas" como herramienta esencial para redemocratizar la política. Es verdad que el libro peca en ocasiones de simplista: recomiendo leer la atinada reseña crítica de José María Ruiz Soroa publicada en el último número de Revista de Libros. Su crítica de la democracia electoral como mecanismo para salvaguardar a las élites políticas del control popular -fundado sobre el dictum de Montesquieu: "El sufragio por sorteo es propio de la naturaleza de la democracia; el sufragio por elección, de la aristocracia"- será muy aplaudida en estos tiempos de anti-castismo.
Pero más que por sus aciertos y errores desde la perspectiva de la filosofía política, considero que la propuesta de van Reybrouck nos anima a pensar en una democracia que se libere de la tiranía del pensamiento rápido y de la decisión supuestamente definitoria y definitiva, para incorporar lógicas, procedimientos e instituciones que hagan posible la deliberación sosegada y la construcción de propuestas políticas tan complejas, al menos, como las problemáticas a las que deben responder.


Ya desde los trabajos pioneros de la Escuela de Chicago -con sus investigaciones sobre el gueto, los trabajadores nómadas o hobos, los migrantes, las tensiones raciales, la delincuencia juvenil o sobre la vida urbana, en general- en la sociología norteamericana cabe reconocer un estilo muy característico de hacer investigación social: una investigación aplicada, narrativa, que responde a problemas sociales cotidianos y perfectamente observables, con un fuerte sentido normativo y una finalidad práctica.
En esta corriente se incardina el libro de Matthew Desmond Desahuciadas. Pobreza y lucro en la ciudad del siglo XXI (Capitán Swing, Madrid 2017), un estudio de caso de ocho familias empobrecidas afectadas por procesos de desahucio en la ciudad de Milwaukee. Y siguiendo sus vidas, casi siempre trágicas pero también, a ratos, llenas de arrojo y solidaridad, el autor va analizando las políticas públicas que desde los años Ochenta fueron preparando la "cruzada contra la asistencia social" que hoy caracteriza la cultura política de Estados Unidos. Y aquí hay mucho que aprender desde esta Europa (y esta Euskadi) que en ciertas cosas parece tener la tentación de americanizarse, con los discursos sobre el efecto desincentivador de las ayudas sociales y la deriva creciente hacia la activación.
También se esfuerza por vincular la existencia de estas familias pobres con las vidas de los ricos y de las clases medias, pues lo que en el ámbito de la vivienda ha beneficiado a estos, ha perjudicado a los primeros. Dos ejemplos de su reflexión, en este sentido:

"A lo largo de los años, los legisladores de ambos lados del espectro político han reducido la ayuda para vivienda a los pobres y la han incrementado en el caso de los ricos en forma de reducciones fiscales a la compra de vivienda. Hoy en día, el desembolso fiscal para la compra de vivienda supera ampliamente el dedicado a la asistencia para vivienda".

"Si reconocemos que la vivienda es un derecho básico, entonces debemos valorar de otro modo otro derecho: el derecho a lucrarse cuanto sea posible ofreciendo alojamiento a las familias (y especialmente la obtención de beneficios excesivos de los menos afortunados). [...] Explotación. Aquí tenemos una palabra que ha sido eliminada del debate de la pobreza. Es un término que nos habla del hecho de que la pobreza no es solo un producto de los bajos ingresos. Es también un producto de los mercados extractivos".


"El mito de la utopía escandinava". Así se subtitula esta obra de Michael Booth, Gente casi perfecta (Capitán Swing, Madrid 2017). Aunque cualquier persona familiarizada con las novelas de Sjöwall y Wahlöö, Mankell, Nesbo o Indridason, o con series como Bron/Broen, Atrapados y Fortitude, tendrá más que un ligero conocimiento de las muchas sombras que afean las, en tantos sentidos, luminosas sociedades nórdicas, en este libro encontraremos algunas sombras más, no tan horrendas como las que nos presentan la literatura y el cine negros, aunque sí preocupantes: una cierta parálisis del espíritu emprendedor, consecuencia de un complaciente igualitarismo a veces demasiado pequeñoburgués, una altísima huella ecológica, una gran dependencia de las ayudas sociales, la matanza de Utoya (esta sí, horrenda), los partidos anti inmigración...

Sin embargo, lo que se presenta como un libro desmitificador, en realidad se lee casi como un publirreportaje. Alejadas de la perfección, claro que sí, pero bastante atractivas: así son esas gentes y esas sociedades escandinavas. De ahí la conclusión a la que llega Booth:
"En estos momentos, Occidente busca una alternativa al capitalismo desenfrenado que ha asolado nuestras economías, un sistema que quizá evite los extremos del socialismo soviético y el neoliberalismo no regulado estadounidense. En realidad, en lo que a mí respecta, sólo hay un lugar donde fijar la mirada en busca de un modelo ejemplar desde una perspectiva tanto social como económica, y no es Brasil, Rusia ni China. La respuesta la tienen los países escandinavos. Incluso la pequeña Islandia se está recuperando con un crecimiento más alto que el de la mayoría de Europa. Aquí arriba, incluso cuando se equivocan, enseguida descubren cómo enderezar la situación sin que se produzca ningún derramamiento de sangre".

Dan ganas de hacerse islandés.


Triplete de Capitán Swing, una editorial que se ha convertido en pocos años en una referencia esencial para quienes nos movemos en el campo de las ciencias sociales. Se trata de Tribu. Sobre vuelta a casa y pertenencia (Capitán Swing, Madrid 2016), de Sebastian Junger, escritor -es autor de la novela La tormenta perfecta, que inspiró la película del mismo título- y periodista en zonas de conflicto -impresionante su anterior libro, Guerra-.
"¿Cómo te conviertes en adulto en una sociedad que no requiere sacrificios? ¿Cómo te haces un hombre en un mundo que no exige valor?", se pregunta Junger al comienzo del libro. Preguntas incómodas, turbadoras, ambiguas, que estructuran toda su reflexión.
Buscando responder a las mismas el libro nos acerca a la expansión americana hacia el Oeste y al choque de civilizaciones con las sociedades indias, cuya forma de vida atrajo a numerosos occidentales: 
"Algo dice de la naturaleza humana que un sorprendente número de estadounidenses -en su mayoría hombres- acabara uniéndose a la sociedad india en vez de permanecer en la suya propia. Emulaban a los indios, se casaban con ellos, eran adoptados por ellos, y en ocasiones hasta luchaban a su lado. Lo contrario casi nunca ocurrió: los indios casi nunca escapaban para unirse a la sociedad blanca. La emigración siempre pareció ir de lo civilizado a lo tribal, lo que desconcertó a los pensadores occidentales a la hora de explicar semejante rechazo aparente de su sociedad. [...] De entre todas las tentaciones de la vida nativa, una de las más convincentes pudo haber sido su fundamental igualitarismo".

También analiza lo que ocurre en situaciones de combate, o de catástrofe natural, siempre desde el planteamiento de que tales situaciones tienen el potencial de retrotraernos a un momento "tribal", en el que el compromiso colectivo y la identificación de un bien común se vuelven imprescindibles para la supervivencia.
A partir de ahí, Junger aborda el debilitamiento de las relaciones de comunidad, la disminución de los contactos físicos, la disminución de los vínculos, y sus consecuencias, algunas de las cuales resultan de evidente actualidad:
"Los cazadores de subsistencia no son necesariamente más éticos que otra gente; simplemente no pueden mantener comportamientos egoístas porque viven en grupos pequeños donde caso todo está expuesto al escrutinio. Por otro lado, la sociedad moderna es un desorden descontrolado y anónimo donde la gente puede llegar a niveles increíbles de deshonestidad y salirse con la suya sin ser atrapados. Lo que los pueblos tribales considerarían una profunda traición del grupo, la sociedad moderna simplemente lo tilda de fraudeEs de suponer que los cazadores-recolectores tratarían a su versión de banquero deshonesto o estafador de prestaciones sociales con la misma contundencia que a un cobarde. Puede que no le mataran, pero ciertamente se le proscribiría de la comunidad. El hecho de que un grupo de personas pueda costarle a la sociedad estadounidense pérdidas por valor de varios billones de dólares -aproximadamente una cuarta parte del PIB anual- y no sea juzgado por delitos graves demuestra lo completamente des-tribalizado que está el país".

"La belleza y la tragedia del mundo moderno es que elimina muchas situaciones que exigen que la gente demuestre un compromiso con el bien colectivo", lamenta Junger. No dice apenas nada sobre las muchas sombras que la comunidad, la pertenencia y la tribu traen también consigo.  Pero, sin olvidar nada de esto, no esta mal recordarnos también lo que hemos perdido al ganar en autonomía individual.


Cambiamos de editorial y de temática. En La España de las ciudades. El Estado frente a la ciudad urbana (Economía Digital, Barcelona 2017), José María Martí Font nos ofrece un fresco actualizado de la realidad urbana y sus dinámicas disruptivas, que en tantos aspectos superan los límites que acogotan la actuación de los gobiernos estatales y autonómicos:
"Las grandes aglomeraciones urbanas desbordan permanentemente las estructuras de poder jerárquico de las administraciones centrales. Dotarlas de personalidad política e institucional, otorgarles verdaderos mecanismos de autogobierno, concederles capacidad de gestión y autonomía, supondría renunciar a controlarlas".

No se trata sólo, aunque también, de ese "nuevo municipalismo" que en las elecciones locales de 2015 se hizo con las alcaldías de Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza, A Coruña, Santiago y Cádiz, de las que el autor escribe: "Esta entrada de energía, de aire fresco, está provocando que se hagan políticas que nunca se habían hecho, como las de vivienda [...]. También que se revisen procesos que parecían intocables como el de las privatizaciones de los servicios públicos". El libro no se centra en esas ciudades y sus nuevos gobiernos municipales, sino que se aproxima también a otras, como Vigo, Málaga o, con menos detenimiento, Sevilla, Bilbao o Las Palmas, para imaginar las posibilidades de "otro país posible, una Iberia urbana", fundado sobre el autogobierno de las ciudades.

"Si los alcaldes gobernaran el mundo...", reflexiona Benjamin Barber.



No abandonamos la ciudad. Suketu Mehta escribe La vida secreta de las ciudades (Penguin Random House, Barcelona 2017) distinguiendo entre la "ciudad estadística" y la "ciudad impresionista", para invitarnos a acompañarle en un sugerente viaje por esta segunda. El libro es un canto irrestricto al espíritu urbano y las dinámicas sociales, culturales, económicas y políticas -"Las revoluciones de Oriente Próximo se han producido en ciudades, no en pueblos"- que surgen en todas las ciudades del mundo. Dinamismos que explicarían el hecho de que "por primera vez en la historia, viven más seres humanos en las ciudades que en los pueblos. Nos hemos convertido en una especie urbana. En 1900, el 10 por ciento vivíamos en ciudades; en 2010, el 53 por ciento y, para 2050, cuando seamos nueve mil millones de personas en el planeta, el 75 por ciento habitaremos en ciudades".

Por eso, porque "nada atrae más que el éxito", Suketu Mehta sostiene que "en todo el mundo los aldeanos olvidan a Gandhi y se mudan a grandes ciudades", de manera que "hemos dado la espalda a Thoreau, Tolstói y Gandhi. Si tenemos opción, preferimos edificios, multitudes y calles pavimentadas a espacios abiertos, soledad y árboles; a menudo, por el mero hecho de que son grandes". No es preciso que aclare lo que personalmente, thoreauniano confeso, me duele esta afirmación. Pero es verdad que los datos son los datos, y que la urbanización acelerada del mundo es un hecho. Otra cosa es que los procesos que lo explican se sustenten, exclusiva o principalmente, en razones de elección libre. En mi opinión, junto a muchas, muchísimas, salidas del mundo rural elegidas, hay también muchas expulsiones, muchas personas que simplemente se encuentran con que la vida que desearían llevar se vuelve imposible.

Mehta capta y transmite perfectamente las complejidades de la atractividad urbana: "El atractivo de la ciudad es el tiempo flexible. Comes cuando quieres. Sales a bailar cuando te apetece. Puedes trabajar después de la puesta de sol y dormir en época de cosecha. Ni el sol, ni la luna ni Dios pueden decirte cuándo comer, dormir o trabajar. En algún lugar de la gran ciudad alguien tiene una tienda abierta que te venderá lo que deseas en este preciso instante". Una flexibilidad que, en sus procesos más profundos, significa libertad: "Este es un lugar donde tu casta no importa, donde una mujer puede comer sola en un restaurante sin que la acosen y donde puedes intentar casarte con la persona de tu elección. […] En todas las ciudades del mundo se produce un derrocamiento masivo de tabúes. Una elección masiva".  Pero también supone un alarmante aumento de las incertidumbres, las vulnerabilidades y la precariedad existencial:

"Conocí a una niñera india sin papeles de Nueva York que llevaba una década sin ver a sus hijos. Los había dejado a cargo de los suegros mientras su marido y ella se deslomaban en Nueva York para mandarles dinero, con la esperanza de legalizar algún día su situación y traérselos. Hablaba con ellos todos los domingos. Un día alguien le enseñó las fotos de una boda en su pueblo de la India: «¿Quién es esta?», preguntó, señalando a una adolescente. La persona que le mostraba las fotos la miró con sorpresa. «Es tu hija.» La niñera rompió a llorar".

Un libro breve, más narrativo que analítico, pero lleno de reflexiones sugerentes.



Sherry Turckle, psicóloga del Massachusetts Institute of Tecnology (MIT),  lleva toda su vida profesional dedicada a estudiar los efectos que la interacción con internet, las redes sociales y el entorno digital tienen sobre nuestra vidas. En los Ochenta y Noventa publicó dos libros de referencia, The Second Self: Computers and the Human Spirit (1984), y Life on the Screen: Identity in the Age of the Internet (1995; hay edición en castellano en Paidós, 1997), en los que hacía una lectura esencialmente positiva de las posibilidades que estas tecnologías ofrecen para "doblar" nuestras vidas, para vivir plenamente en dos mundos, el online y el offline, el virtual y el real. En 2012 empieza a revisar esta posición en su libro Alone Together. Why We Expect More from Technology and Less from Each Other (puede escucharse al respecto en castellano su conferencia TED), revisión crítica que ahora profundiza en el libro En defensa de la conversación. El poder de la conversación en la era digital (Ático de los Libros, Barcelona 2017).

Aunque la autora se apresura a declarar que su tesis "no es antitecnología [sino] proconversación", su perspectiva se asemeja ahora a la de autores como Nicholas Carr, de quien ya hemos hablado aquí, que nos alerta contra la superficialización de nuestras vidas como efecto de internet. En esta línea, Turkle advierte -¡ahí es nada!- de que "la tecnología está implicada en un ataque contra la empatía", al desacostumbrarnos de hábitos hasta hace poco tan normales como conversar preferentemente cara a cara -"La conversación cara a cara es el acto más humano, y más humanizador, que podemos realizar. Cuando estamos plenamente presentes ante otro, aprendemos a escuchar. Pero hoy en día buscamos formas de evitar la conversación"-, presentarnos en público sin "editar" permanentemente nuestra imagen ideal y, sobre todo, sin estar sometidos a la tiranía de la interrupción permanente: "Olvidamos lo extraño que se ha vuelto esto, que mucha gente joven ha crecido sin haber experimentado ninguna conversación sin interrupciones en la mesa a la hora de cenar ni durante un paseo con sus padres o con amigos. Siempre han tenido sus teléfonos a mano". Y esto no es algo simplemente curioso o anecdótico, sino que tiene consecuencias importantes:
"El efecto que los teléfonos tienen en nuestras conversaciones en persona es un problema. Los estudios demuestran que la mera presencia de un teléfono sobre la mesa (incluso de un teléfono apagado) cambia aquello sobre lo que la gente habla. Si creemos que nos pueden interrumpir, mantenemos una conversación ligera, centrada en temas que generen poca controversia o intrascendentes. Y las conversaciones con teléfonos a la vista impiden la conexión empática". Resuena aquí la poderosa crítica de Nicholas Carr contra la superficialidad que introduce en nuestras vidas internet, de la que ya nos hicimos eco en este blog hace varios años.

Pero la digitalización parece imparable. De entre los muchos ámbitos analizados por Turkle, destaco en este breve comentario su crítica por la fascinación tecnológica que se ha apoderado del mundo educativo: "Si tratases de diseñar un tecnología educativa perfectamente adaptada a la sensibilidad de la hiperatención, probablemente terminarías utilizando los MOOC", escribe. Frente a esta perspectiva, la autora reivindica con vigor el valor de la clase presencial:

"Si preguntas a aquellas personas que han estudiado durante toda su vida de dónde procede su pasión por aprender, generalmente hablan de un profesor que los inspiró y los marco profundamente. El aprendizaje más potente tiene lugar en el marco de una relación. ¿Qué tipo de relación puedes establecer con un profesor que imparte sus conocimientos desde un pequeño rectángulo en la pantalla del sistema de entrega de contenidos del MOOC? [...].
La clase presencial tiene más virtudes. Obliga al profesor a integrar el contenido y su crítica. Enseña a los estudiantes que ninguna información debe separarse de la oportunidad de debatirla y cuestionarla «en directo». Cuando un buen profesor da clases varias veces a la semana, improvisa partes nuevas de su discurso cada vez. Escriben nuevas secciones una semana o un mes o la noche antes. Adaptan sus clases a los sucesos de actualidad para hacerlas más relevantes. En cambio, una vez se ha preparado el guion para una clase en línea, y ya está filmada, editada y colgada, es difícil, aunque no imposible, que se introduzcan cambios de este tipo. Es lógico pensar que «la mejor versión» de esa clase ya está recogida en el vídeo. 
Cuando el consejero delegado de la iniciativa educativa virtual del MIT mencionó la idea de que un buen actor podría ocupar el lugar de un buen profesor, nadie rechazó la sugerencia de plano; al contrario, la idea dio mucho que hablar en internet. Los estudiantes se quejan de que se aburren. Entonces, ¿qué hay de malo en que la presentación del contenido esté en manos de profesionales de la presentación, como por ejemplo Matt Damon? […] Puesto que un aula virtual no es un espacio de conversación, ¿por qué no utilizar a un actor?".

Al libro le sobran bastantes páginas, hay abundantes repeticiones, pero, en su conjunto, es un libro que deberíamos leer y discutir. O conversar...



Y sobre esto, sobre la importancia de la presencia (física, real, esforzada) en la educación versa el libro de Massimo Recalcati, La hora de clase. Por una erótica de la enseñanza (Anagrama, Barcelona 2016).
En una escuela crecientemente dominada por modelos hipercognitivos, ajenos (incluso hostiles) a cualquier preocupación por los valores, donde las "competencias" más instrumentales y aplicadas son la clave de una educación dirigida por el principio de rendimiento, Recalcati reivindica la importancia vertebral de la hora de clase:
"Uno de los problemas de la Escuela hoy en día es que los docentes se ven oprimidos durante la mayor parte del tiempo por tareas que son completamente ajenas a la actividad didáctica, es decir, a la tarea específica del enseñante. La hora de clase, que debe ser el latido del corazón de la Escuela, se ve marginada por actividades que exceden de la enseñanza en sentido estricto, aplastada bajo la prensa de una evaluación cada vez más reducida a medida".

Una hora de clase que, según el autor, "puede cambiar una vida, dar al destino otra dirección, consagrar para siempre lo que sólo estaba débilmente esbozado". Porque la hora de clase es, sobre todo, una oportunidad para el encuentro y, en ese contexto de encuentro, para el surgimiento de lo inesperado. Algo que no puede ocurrir en el espacio aséptico y previsible de la formación virtual:
"En esta época en la que la horizontalidad infinita y al alcance de la mano de la Red parece desbancar la función del maestro ofreciendo un saber aparentemente sin límites, hay que recordar que ésta no puede conocer el arte del tropiezo, no puede encarnar de ninguna manera el saber que pone a disposición, no puede animar la erótica de aprendizaje, puesto que carece de cuerpo. […] Pensar en transmitir el saber sin tener que pasar por una relación con quien lo encarna es una ilusión, porque no existe didáctica más que dentro de una relación humana. Quienes aspiran a reducir el proceso de aprendizaje y de enseñanza a l transmisión tecnológica y aséptica de la información y ponen sus esperanzas en la definición de metodologías eficientes de asimilación, organización y evaluación del conocimiento, pretenden eliminar la intrusión del cuerpo en la relación didáctica y comenten un error obsesivo en sentido clínico. Creen que es posible separar netamente los afectos de la representación y piensan que con esta separación queda garantizado un saber objetivo e inatacable, un saber capaz de ser dueño del ser".



Y acabamos con lo último de un ensayista clásico, un intelectual de los que ya quedan muy pocos: Hans Magnus Enzensberger y su último trabajo publicado en español, Panóptico (Malpaso, Barcelona 2016). Veinte "ensayos fulminantes" en los que cuestiona con humor los dogmas de la microeconomía, el derecho de autodeterminación, las ideas de crisis y normalidad, el debate entre ciencia y religión o las "neosexualidades contemporáneas". Dos fragmentos.

En el ensayo titulado "Malditas manchas", escribe:
"¿Han observado ustedes que es prácticamente imposible beber una taza de café sin que en su borde, el platillo, la servilleta, la cucharita, el mantel, la blusa o la camisa se forme un reguero, salpicón, manchón, charco o churrete? […] ¿Por qué los filósofos han omitido el problema de la mancha-? El mismo Heráclito apenas si tenía en mente su camisa cuando llegó a la conclusión de que tofo fluía. Esto se debe a una razón muy sencilla. Y es que solían ser otros quienes tenían que lidiar con el ensuciamiento. Correr a secar el charco, a enjuagar el platillo, a lavar la casaca... ¿quiénes lo hacían? Adivinen. No, no eran los filósofos; eran las mujeres. Criadas, lavanderas y chicas de la limpieza se ocupaban de esa tarea [...]".

Y en "Milagros normales":
"Uno espera, por ejemplo, en la parada de la esquina y ocurre el milagro. El autobús viene de verdad. Uno entra en el próximo supermercado y la botella de leche fresca está ahí, dispuesta puntualmente. Uno cruza la calle y no se oye fuego de ametralladora. Suena el timbre y nonos visita el KGB ni el BND ni la mafia sino el cartero griego que, como siempre, es un dechado de solvencia y buen humor. Calificamos tal realidad de normal, aunque es todo menos natural, Para comprenderlo basta con un mínimo de conocimientos históricos y geográficos. Al fin y al cabo, en este país el horror absoluto sólo dista unas pocas décadas y, en otras regiones de la Tierra, sigue a la orden del día. Allí la vida a menudo es como la describió el filósofo inglés Thomas Hobbes: «pobre, tosca, embrutecida y breve». Lo que tenemos ante nosotros cuando nos asomamos a la ventana o salimos a la puerta es, por tanto, un fenómeno excepcional: sumamente improbable y difícil de explicar. ¿Cómo puede darse siquiera una «realidad ordenada» -signifique esto lo qué signifique- en una sociedad que, en una parte nada ínfima, consta de pupilos, trileros, secretarios de Estado en excedencia, asesores inversionistas, frikis publicistas, gurúes del lifestyle, presentadores de espectáculos, artistas de la subvención, agentes de seguridad y cabezas rapadas, personajes que se cuidan de fabricar algo útil?"

Siempre se encuentra algo sugerente en los escritos de Enzensberger.

miércoles, 7 de junio de 2017

Repensar el autogobierno

Ponencia de autogobierno


El pasado día 31, a propuesta del grupo Elkarrekin Podemos,  tuve la oportunidad de comparecer ante la "Ponencia para la actualización del autogobierno de Euskadi" del Parlamento Vasco. En la web del Parlamento se recogen las grabaciones en vídeo de las sesiones de la ponencia. Si alguien está interesado en leer el documento íntegro que preparé para sostener mi intervención, puede hacerlo aquí.
También dejo a continuación las notas del power point que utilicé en la presentación.


Se plantean cuatro ideas:
1. La cuestión del derecho de autodeterminación no es en absoluto tan evidente como el término “derecho” parece indicar.
2. La estatalización del derecho a decidir debe dejar de darse por supuesta: es (muy) problemática.
3. Euskadi puede ser una realidad política por construir, pero no por descubrir: hace mucho tiempo que sabemos cómo somos… y lo que esto puede dar de sí.
4. Re-escalar el autogobierno: el nuevo papel de las ciudades.

[1] La cuestión del derecho de autodeterminación no es en absoluto tan evidente como el término “derecho” parece indicar. 
  • Derecho de autodeterminación y derecho a decidir, sinónimos. 
  • Derecho individual, colectivizable por agregación. 
  • No derecho humano fundamental.
Perspectiva de FERRAJOLI:
  • El derecho de los pueblos a la autodeterminación externa entendido como "derecho al Estado" es inconcebible y autodestructivo 
  • Insostenible en una sociedad mundial cada vez más integrada y en sociedades civiles caracterizadas por la mezcla de culturas y nacionalidades. 
  • Contradice su consideración en la Carta de la ONU como supeditado a a la "paz universal", y fundamento de "relaciones pacíficas entre las naciones"
  • Lo que hace imposible su configuración como "derecho fundamental“ es su no universabilidad, es decir la imposibilidad, en contraste con la noción teórica de este tipo de derechos, de que sea reconocido por igual a todos los pueblos.
  • Las profundas tensiones a las que se está viendo sometido el Estado por arriba (globalización de los riesgos y de las oportunidades) y por abajo (subsidiariedad, eficiencia y representatividad), acabarán por modificar sustancialmente la ecología política en la que la constitución de estados nacionales ha sido la estrategia adaptativa más exitosa. 
  • Sustitución por “objetos políticos no identificados” (OPNIS). 
  • Aspirar a la plena clarificación o identificación de los “objetos políticos” a los que aspiramos no puede llevar sino a la expulsión o a la negación de la complejidad, diversidad, provisionalidad, incertidumbre y experimentación que configuran nuestro zeitgeist
  • Evitar la retrotopía de “volver a Hobbes” (Bauman). 
  • Asumir la metamorfosis del mundo: el imperativo de actuar en campos o espacios de acción cosmopolitizados (Beck).
[2] La estatalización del derecho a decidir debe dejar de darse por supuesta: es (muy) problemática.
  • El derecho de autodeterminación no es un mero instrumento neutral.
  • Estrategia de normalización (banalización).
  • Definición de un demos, de un sujeto político soberano, que posteriormente decidirá sobre su estatuto político. 
  • El derecho de autodefinición, es decir, el derecho a definir “quiénes son los miembros que integran en realidad ese pueblo”, paso esencial en cualquier proceso soberanista. 
  • Riesgos que entraña cualquier operación de categorización o definición de una identidad colectiva en el marco de un proceso de construcción nacional. 
  • Ferrajoli y la “esfera de lo indecidible”: en democracia hay principios que deben estar sustraídos a la decisión de la mayoría. 
  • La modificación de la condición de ciudadanía, cuando entraña riesgos de debilitamiento, limitación o exclusión de esta condición, entraría plenamente en esta esfera de lo indecidible.
  • No es más legítimo, ni más moral, ni más racional, ni más democrático, un Estado español que un Estado catalán o vasco. Puede ser más real, pero esto no es más que el resultado de la historia. 
  • Incomodidad ante quienes pretenden convertir situaciones de hecho, fruto de la historia -como que exista un Estado español pero no un Estado catalán-, en realidades morales: nacionalismo cívico vs. nacionalismo étnico, patriotismo vs. Nacionalismo. 
  • Todo Estado se construye sobre la homogeneización y la exclusión de lo que reducido a la condición de lo extraño. 
  • ¿Qué hacer? ¿aceptar sin más el resultado de la historia y su distribución azarosa de la estatalidad? ¿Aceptar como marco de autogobierno el actual Estado español sólo porque existe y renunciar a un Estado vasco sólo por los riesgos de extranjerización que su construcción comporta?

[3] Euskadi puede ser una realidad política por construir, pero no por descubrir: hace mucho tiempo que sabemos cómo somos… y lo que esto puede dar de sí.
  • Un proceso de construcción nacional debe partir de lo existente. 
  • Estabilidad estructural, y estructurante, de la sociedad vasca. 
  • Euskadi puede ser un país (o una sociedad, o una nación) por construir, pero no por descubrir.
“Muchas veces parece que en Euskadi existe una conspiración de la política contra la sociedad, que hay una cierta obstinación en no querer trasladar al ordenamiento político lo que la sociedad vasca viene diciendo desde hace tiempo. Bueno, desde siempre. Si analizamos la evolución y las tendencias desde hace 30 años, observaremos que ha fracasado absolutamente la misión evangélica orientada a desequilibrar el peso porcentual de los bloques” (Aierdi y Retortillo).









[4] Re-escalar el autogobierno: el nuevo papel de las ciudades.

“Ha habido una dinámica de desafección emocional. Para los ciudadanos de Cataluña es más fácil imaginarse una república nueva que transformar España. Lo entiendo. Me parece legítimo. Pero no es mi proyecto. Eso también es deudor de una representación que para los nacionalismos catalán y vasco ha sido muy productiva, que es ««salvo Euskadi y Catalunya todo en España es una inmensa rémora del franquismo y nunca va a cambiar nada». Y eso, sobre todo, se concentraba en una imagen icónica de una Madrid sin madrileños, una ciudad que era la sede del Partido Popular, la Audiencia Nacional, un cuartelillo y la sede de la conferencia episcopal. Una especie de Madrid terrible, Mordor, del cual cualquier persona se querría independizar. Eso se quiebra un poco cuando en Madrid gobierna Manuela” [Errejón].

“Erijamos en entidad política el municipio y la provincia” [Pi i Margall].
  • Superar el imaginario de la matrioska –un Estado que contiene una nación que contiene un pueblo- para abordar desde otras claves la cuestión del autogobierno. 
  • Espacios donde sea posible la máxima eficacia, la máxima justicia, la máxima democracia y la máxima solidaridad. 
  • Espacios donde ninguna riqueza humana se pierda; espacios, por tanto, también culturales. 
  • Espacios en los que podamos participar en la toma de decisiones, donde los procesos políticos, económicos, tecnológicos, no parezcan incontrolados, sino que en todo momento podamos distinguir sus responsabilidades, evaluar sus consecuencias y reprogramar su dirección y ritmo. 
  • Espacios interrelacionados, comunicados, pues habrá solidaridades, participaciones y eficacias posibles en determinados espacios, pero donde otras, sean imposibles.