miércoles, 29 de octubre de 2014

VII Informe sobre exclusiòn y desarrollo social en España

Ya está disponible, en acceso abierto, el VII Informe sobre exclución y desarrollo social en España, impulsado por la Fundación Foessa.

















El capítulo 6 ha sido elaborado, entre otras y otros, por Xabier Aierdi, Patricia Campelo, Marian Ispizua, Amaia Izaola y Cristina Lavía, compañeras y compañeros de la UPV/EHU, y por María Silvestre, de la Universidad de Deusto.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Pensar institucionalmente la RGI

Los pasados 11 y 12 de octubre, sábado y domingo, el profesor de la UPV/EHU Pedro José Chacón y el diputado general de Álava Javier de Andrés publicaron sendos artículos en el diario EL CORREO a propósito del debate provocado por el alcalde de Vitoria sobre la RGI y las personas inmigrantes. Ese mismo domingo me senté ante el ordenador y redacté el artículo que reproduzco a continuación, y que EL CORREO ha publicado hoy en sus páginas de opinión. 
No es posible acceder a la versión digital de ninguno de los tres artículos, por eso no incluyo ningún link. Pero aprovecho para recomendar otro, este sí accesible a través de la web del diario, escrito por su subdirector, Pedro Ontoso: "¿De quién son los pobres en Euskadi?".

Pensar institucionalmente la RGI

El politólogo Hugh Heclo considera que pensar en las instituciones no es lo mismo que pensar institucionalmente, ya que el simple “pensar en” no indica nada necesariamente respecto de nuestra posición hacia los valores y los fines que una determinada institución encarna. “Aceptar esos valores y fines –advierte Heclo- y participar de ellos como agentes morales es lo que nos hace  ser parte de la institución”; y esta participación es la que, de manera recíproca, “hace que la institución pase a ser una parte importante de quiénes somos, aún cuando no tenga nunca por qué definirnos plenamente”. Pensar en las instituciones es un pensar desde fuera, un pensar distanciado, exterior, necesario para no sucumbir bajo el peso de la burocratización y la inercia, pero insuficiente para dar cuenta del orden normativo que existe más allá de la formalización organizativa de una determinada institución. Pensar institucionalmente no es, por tanto exactamente lo mismo que pensar en términos organizativos o burocráticos.
Traigo esta referencia a colación porque me sorprende que, en sendos artículos publicados por este diario, ni mi colega de la UPV/EHU Pedro José Chacón (“La valla de Melilla y la RGI vasca”, sábado 11 de octubre) ni el diputado general de Álava Javier de Andrés (“Integración y RGI”, domingo 12 de octubre) hayan considerado adecuado reflexionar sobre el actual modelo vasco de política social desde una perspectiva interna, contentándose con una mirada externa al mismo. El resultado de su reflexión da la razón a Heclo cuando señala que “«pensar en» puede en realidad disminuir nuestras facultades para «pensar desde» unos términos institucionales”.
Compartiendo su preocupación por mejorar la eficiencia de nuestro sistema de ayudas sociales, me preocupa que el diputado general de Álava conceda tan poca importancia a las posibles consecuencias sociales derivadas de “endurecer” el acceso a las ayudas sociales, como exigir diez años de empadronamiento o negárselas a personas “en situación irregular”. Consecuencias que afectarían a varios miles de personas, algunas fuentes hablan de 30.000, que se encontrarían de la noche a la mañana en la precariedad más absoluta. Suponer que este “ahorro” en términos puramente económicos no tendría consecuencias sociales es la única manera de que el balance resulte positivo. Pero esta suposición no se sostiene: como muestran Wilkinson y Pickett en su imprescindible investigación Desigualdad: un análisis de la (in)felicidad colectiva, la desigualdad sale muy cara. Una muestra extrema de esa externalización de los costes sociales la encontramos cuando se refiere a la existencia en los registros de Lanbide de más de 2.800 personas de las que no consta su nacionalidad y se pregunta: “¿A dónde van a ser repatriados si delinquen o incumplen con las más básicas obligaciones?”. Lo que yo me pregunto es si de verdad ha pensado ya cómo procedería, en su caso, a “repatriar” a varios miles de personas: con qué recursos policiales o legales y a costa de qué recursos morales lo haría.
Por otro lado, como sabe perfectamente Pedro José Chacón, en el ámbito de la ciencia social no abundan las “verdades del barquero”: la ciencia social transita siempre por el estrecho sendero de la objetivación de realidades significativas de las que forma parte la propia persona que hace ciencia. Y de esta regla epistemológica no se libran tampoco las “predicciones” o los “anuncios” que pueda hacer Javier Maroto respecto de un supuesto efecto llamada que haría saltar el sistema por los aires. No sé por qué le parecen más dignas de atención dichas predicciones, convertidas en el único soporte de su artículo, y no los diversos estudios sobre la RGI en los que “no se considera la variable de un aumento desmesurado de la inmigración extranjera”, a pesar de que el propio Chacón los considere “muy buenos”.
En la historia reciente de nuestro país hemos sufrido en diversas ocasiones la exclusión categorial de una parte de nuestros convecinos, reducidos a la condición de “cacereños” (como narra y denuncia Raúl Guerra Garrido en su novela de 1969, que Pedro José Chacón tan bien conoce) o motejados de “españolazos” (como habrá sufrido muy de cerca Javier de Andrés), en ambos casos tachados de “población sobrante”. Si algo hemos aprendido del pasado, cualquier crítica al funcionamiento actual de la RGI debería evitar la extranjerización de personas que ya están y quieren seguir viviendo con nosotros.
El 7 de marzo de 1989 el entonces consejero de Trabajo y Seguridad Social del Gobierno Vasco, José Ignacio Arrieta, explicaba en un artículo las razones por las cuales, en medio de una pésima situación económica (con un 21,6% de paro, superior a la media española; con una fuerte reducción de la renta per cápita: Bizkaia pasó del segundo puesto en renta familiar disponible en 1971 al puesto 21 en 1985), Euskadi había decidido impulsar un modelo de garantía de ingresos pionero en España: “El día de hoy va a marcar en Euskadi y en el resto del Estado español el inicio de una forma distinta de articular socialmente el país. A partir de esa fecha, los ciudadanos que en el País Vasco más están padeciendo las desigualdades derivadas del actual entramado socioeconómico van a empezar a obtener una respuesta solidaria desde sus instituciones. Y esto ha sido así porque en Euskadi hemos asumido la marginación no como un problema del que la padece, sino de la sociedad, y como tal, su solución no puede ser patrimonio de nadie, sino responsabilidad de todos”.

Esa perspectiva profundamente integradora, que no desconoce los problemas ni renuncia a ganar en eficiencia, es la verdad institucional que subyace a nuestro modelo social. Me gustaría que este artículo contribuyera a articular una perspectiva institucional compartida sobre la RGI: preocupada por sus posibles disfunciones en la actual coyuntura histórica, pero fiel y agradecidamente comprometida con la intuición moral que estuvo en su origen y a la no debemos renunciar. 

martes, 21 de octubre de 2014

Más sobre ayudas sociales, RGI e inmigración

El domingo pasado EL DIARIO VASCO publicó una larga entrevista sobre las ayudas sociales, la RGI y la inmigración. Agradezco sinceramente al periodista Juanma Velasco su interés, intención y conocimiento de los temas tratados. Todas su preguntas fueron muy relevantes.
Creo que el diario no permite el acceso abierto a todas sus noticias. Reproduzco como imagen el pdf de la publicación, que he podido obtener gracias al inmenso e impagable trabajo de documentación que hace el SIIS.
Por cierto, y tirando del SIIS, no sé si aquí es posible acceder a la noticia desde cualquier ordenador personal, o sólo desde la UPV/EHU. Por si acaso, lo pongo.






domingo, 19 de octubre de 2014

Corrupción, indignación y ataúdes de 1,30


Nos vemos allá arriba

Nos vemos allá arriba, de Piérre Lematrie, es una hermosísima novela. El horror que destila su primer capítulo, que nos sitúa en los últimos pero no por ello menos dramáticos días de la Primera Guerra Mundial, no nos abandonará durante un buen rato. Sin embargo, no se trata de una novela sobre la guerra y sus efectos sobre las personas y las sociedades que la sufren. Este es el escenario, pero podría haber sido otro. Tampoco es una novela carente de ironía y humor.

Novela coral, no hay personaje que carezca de importancia. Novela moral, no hay situación cuyo desarrollo y desenlace no nos plantee profundos interrogantes. Llena de personajes heridos y mutilados, tanto en un sentido físico como espiritual o psicológico, que sin embargo componen una radiografía bastante exacta de lo que los seres humanos somos capaces de hacer y de ser, de lo mejor y de lo peor.

Al terminarla esta tarde no he podido evitar relacionar a uno de sus protagonistas, el ambicioso e inmoral capitán Henri d'Aulnay-Pradelle, con cualquiera de los muchos corruptos de tarjeta black convencidos de que cualquiera de sus muchas atribuciones (sueldos de escándalo, regalos en especie, tarjetas opacas) se debían a su natural valía y, por tanto, nada debían reflexionar al respecto:

Para Henri, el mundo se dividía en dos categorías: las bestias de carga, condenadas a trabajar duro, ciegamente, hasta el final, a vivir al día, y los seres elegidos, que tenían derecho a todo [...]. Henri d'Aulnay-Pradelle, yerno de Marcel Péricourt, héroe de la Gran Guerra, millonario a los treinta años, destinado a los mayores éxitos, que circulaba a más de ciento diez kilómetros por hora por las carreteras del Orleanesado y que ya había atropellado a un perro y dos gallinas. Bestias de carga, una vez más, todo se reducía a lo mismo. Los que vuelan y los que sucumben.

Queriendo hacerse rico enterrando los cadáveres de soldados franceses en ataúdes fabricados con madera barata de tan sólo un metro treinta de longitud, a menos y peor madera más margen de beneficio, aunque para ello hubiera que  trocear los cuerpos, Pradelle actúa con la misma displicencia que han mostrtado Rato y Blesa en su declaración ante el juez Andreu:

¿Cómo era posible que no prestaran más atención a los gastos con esas tarjetas? Ahí coincidieron Rato y Blesa en que eran cantidades muy pequeñas comparadas con lo que ganaban.

Pero en la novela hay también un personaje en principio secundario, un viejo, extravagante y no muy agradable funcionario público que, a pesar de encontrarse al final de una vida personal y profesional desgraciada, decide que no va a permitir tamaña injusticia:

Lo que siguió fue el resultado de una curiosa alquimia en la que se combinaban la siniestra atmósfera de aquellos cementerios (que le recordaban el desastre de su vida), el carácter vejatorio del bloqueo administrativo que se le había impuesto y su habitual rigidez: un funcionario tan probo como él no podía conformarse con hacer la vista gorda. Aquellos jóvenes caídos, a los que nada lo unía, eran víctimas de una injusticia y  no tenían a nadie más que a él para repararla. En pocos días, eso se convirtió en una idea fija. Esos muertos empezaron a obsesionarlo, como un amor, unos celos o un cáncer. Pasó de la tristeza a la indignación. Montó en cólera.

Y no he hablado nada de la sorprendente historia de Albert Maillard y Édouard Péricourt, los verdaderos protagonistas de la novela. Tal es la riqueza de este excelente libro...


viernes, 17 de octubre de 2014

Cuando las colegialas se arriesgan

Lo que está ocurriendo en México es terrible, desde hace ya muchos años, pero lo que vamos conociendo tras la matanza de Iguala supera todo lo imaginable. Jóvenes estudiantes tiroteados, secuestrados, torturados, desaparecidos. Fosas comunes llenas de cuerpos sin identificar.
Me pregunto qué haría yo de estar en su misma situación: ¿no me atenazaría el miedo?
Me admira ver los rostros jóvenes de esas muchachas y muchachos que día tras día se lanzan a la calle reclamando la verdad sobre sus 43 compañeros desaparecidos.

Normalistas

Ójala sea cierto, siempre y en todo lugar, en el plomizo 69 italiano como en el siempre turbulento México, lo que escribe Erri de Luca:

¿Y tenía dudas de ser revolucionaria? El grado de ruptura en el interior del orden social de aquel entonces no se medía con personas dispuestas a marcharse a algún frente, sino por ciudadanos como ella que se ponían a sabotear el poder en los lugares más extraños y difíciles. El grado de fiebre de aquella Italia no venía dado por los más acalorados, sino por el pulso de los apacibles, de los pacíficos que colaboraban en las revueltas. Cuando las colegialas se arriesgan, un país está cercano a la incandescencia.

Como ella, la muchacha de la camiseta rosa.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Lo indecidible

Ayer por la tarde sepusieron en contacto conmigo desde el periódico EL MUNDO solicitándome un breve artículo de opinión "en contra" de la iniciativa del alcalde de Vitoria-Gasteiz de impulsar una ILP para recortar las ayudas sociales a determinados colectivos. Hoy se publica, junto con un artículo "a favor" del periodista Mikel Oroz. La versión que aquí presento es un poco más larga que la publicada en el diario -por cuestiones de enmaquetación hubo que ajustar el número de palabras-, pero el contenido es el mismo.


El jurista italiano Luigi Ferrajoli habla en muchas de sus obras de “la esfera de lo indecidible” para referirse a aquellos principios fundamentales que, en una democracia, están sustraídos a la voluntad de las mayorías. La mayor paradoja democrática estriba en el hecho de que siempre que se quiere proponer un derecho como fundamental, lo primero que se hace es sustraerlo de la decisión política (y económica), de manera que ninguna mayoría, ni siquiera por unanimidad, pueda decidir sobre su abolición o reducción. No todo se puede decidir, y esta limitación es, precisamente, la que caracteriza a la democracia. Se trata de un planteamiento que, si bien en abstracto cualquiera puede aceptar, en su aplicación concreta no deja de plantear interesantes paradojas. Por recurrir a un caso de evidente actualidad, como es el proceso soberanista en Cataluña, hay muchas personas y muchas instituciones, el Gobierno de España entre ellas, que no tienen duda ninguna de que el referéndum de independencia impulsado desde la Generalitat afecta a cuestiones que se sitúan en la esfera de lo indecidible, y que por ello no puede ni, sobre todo, no debe celebrarse.
Estoy seguro de que el alcalde de Vitoria comparte en lo esencial, como yo, el argumento de Ferrajoli; y es probable que considere adecuada su aplicación para el caso del referéndum catalán. Sin embargo, tal vez no considere esta perspectiva contradictoria con su decisión de apoyarse en una Iniciativa Legislativa Popular para excluir de las ayudas sociales a un número indefinido de personas que actualmente viven en Euskadi. Al fin y al cabo, lo del referéndum vendía expresamente limitado por la Constitución, que no dice nada en concreto sobre consultar a la ciudadanía en relación a quiénes y en qué condiciones merecen ayudas sociales, y quiénes no.
Sin embargo, habiendo ciertamente una indecidibilidad constitucional que conforma la dimensión sustancial de la democracia, existe también y sobre todo una indecidibilidad constituyente, de carácter moral, que nos permite imaginarnos como sociedad. Creo que por ahí va el sociólogo y premio Príncipe de Asturias, Zygmunt Bauman, cuando escribe que “no somos morales gracias a la sociedad, sino que vivimos en sociedad, somos la sociedad, gracias a ser morales”.
¿Qué es lo que pretende el Sr. Maroto con su iniciativa? Si de lo que se trata es de proponer acomodaciones de carácter técnico, ajustes a una coyuntura cambiante, modificaciones orientadas a ganar eficiencia, creo que es poco lo que la ciudadanía, incluso la más informada, puede aportar. Hay otros medios para ello, y están plenamente a su alcance. Si de lo que se trata es de plantear transformaciones de carácter sustantivo, que afecten de alguna manera a nuestras concepciones de los derechos, a nuestros sentimientos de pertenencia, a nuestras experiencias de vecindad, a nuestros procesos de convivencia, creo sinceramente que la consulta popular que propone entra de lleno en la esfera de lo indecidible. No desde una perspectiva jurídica, pero sí desde una perspectiva societal. Porque lo peor que le puede ocurrir a una sociedad es verse abocada a dinámicas de extranjerización que la separen entre vecinos/ciudadanos y simples habitantes/ocupantes, abriendo en su seno un abismo de sospecha, desconfianza y resentimiento.
Los representantes políticos tienen la obligación de atender a los problemas que plantea la ciudadanía, recogiendo sus quejas y temores; pero tienen también la obligación de acompañar a esta ciudadanía en la depuración de estos temores. El Sr. Maroto ha demostrado su capacidad de escucha, y eso es bueno; ahora debería demostrar su capacidad de liderazgo contribuyendo a generar un espacio para la conversación democrática donde la búsqueda de la eficiencia no exija debilitar el espacio de lo indecidible.

sábado, 27 de septiembre de 2014

La identidad desdichada



Hay lecturas que refuerzan nuestras ideas o confirman nuestras intuiciones, contribuyendo así a delinear nuestra particular visión del mundo. Hay otras que nos lanzan al territorio de la serendipia, de la sorpresa inesperada, descubriéndonos perspectivas inéditas. Y hay también lecturas que nos obligan a reconsiderar nuestras certezas, a repensar nuestras certidumbres.
Alain Finkielkraut es uno de los pocos pensadores capaz de aportarme, en cada una de sus obras, estar tres experiencias lectoras: confirmarme en algunas convicciones, descubrirme nuevas perspectivas y cuestionarme bastantes ideas que consideraba claras.

Su libro más reciente, La identidad desdichada, ha vuelto a reafirmarme en muchas cosas, a sorprenderme en varias, a cuestionarme en algunas y, por primera vez, también a incomodarme en bastantes.

Su adversario, en esta obra, es el bobo, el burgués bohemio, heredero en buena parte del izquierdismo del 68, él mismo uno de ellos (J'en suis un moi-même), "cruce entre la aspiración burguesa a una vida confortable y el abandono bohemio de las exigencias del deber por los impulsos del deseo, de la duración por la intensidad, de los modales y de las posturas rígidas, finalmente, por una relajación ostentatoria". La otra cara de la moneda populista; si la cruz es el Frente Nacional, convertido en "el primer partido obrero de Francia", la cara es el bobismo que ensalza la diversidad pero practica "la evitación mediante la elección de su lugar de residencia y, más aún, la escuela en la que matriculan a sus hijos". Se creen multiculturalistas cuando, en realidad, no son otra cosa que multiculinaristas.

Hace unos días Fernando Savater escribió un comentario al respecto que ahora, tras la lectura del libro, me parece escrito un tanto a la ligera. Escribía el, por otra parte, tantas veces acertado Savater:
El libro es un lamento sobre una cierta identidad francesa que se va perdiendo por falta no se sabe muy bien de quién ni de qué: por desidia, por deseo de tratar al que llega de fuera mejor que al que siempre estuvo aquí, por vergüenza de lo propio ante exotismos prestigiosos sólo por ser diferentes. Tampoco la identidad francesa cuya pérdida se deplora tiene perfiles demasiado claros. Uno de los rasgos que la definen, según Finkielkraut, es la galantería, de cuya desaparición también tienen culpa, por lo visto, ciertos maximalismos feministas. Y el simple paso del tiempo, diría yo, porque hace ya medio siglo que los franceses galantes no lo son como D´Artagnan. En cuanto a echar en falta mayor reconocimiento de nuestras raíces cristianas, no parece conveniente hacer gran énfasis en el asunto toda vez que el autor deplora que quizá pronto ya no haya en Francia ningún partido realmente laico ante el multiculturalismo polieclesial que se nos viene encima...

Bueno... Así presentado, el libro parece poco más que el lamento nostálgico de un abuelo cebolleta. Creo que esta valoración no hace justicia al libro. Por ejemplo, esa referencia a la "galantería francesa" que Savater despacha con gracia, es clave en la particular aproximación que Finkielkraut hace a la cuestión del velo (pp. 59-75) como elemento de desexualización de la mujer cuya única alternativa sería el acoso. Discutible y matizable, claro, pero a mí me ha dado mucho que pensar su reflexión sobre la relación entre la "exclusión de la feminidad" y el "desierto afectivo" que esta exclusión genera entre algunos varones jóvenes de la banlieu y la violencia que se da en estas periferias urbanas.

Finkielkraut considera que la crisis de integración en la sociedad francesa tiene que ver, esencialmente, con la progresiva sustitución de la igualdad republicana por la igualdad multuculturalista, reflejada en el fenómeno del comunitarismo, que "concede mayor importancia al vasallaje a un grupo particular que a la pertenencia a la República, y a las convicciones propias de ese grupo que a la regla general". Dado que ninguna definición de la vida buena debe prevalecer sobre otras, lo que llamamos "convivencia" en nuestras sociedades europeas no se asemeja a "vivir con": "No es un vivir al unísono, sino un vivir a distancia, cada uno según sus propias convicciones, sus ganas, sus hábitos, libre de los demás y en paz con ellos".
Son cosas que ya planteó hace tres lustros en La ingratitud, tal vez con más matices -o con menos urgencias- que ahora.

Es verdad que en su último libro Finkielkraut ofrece algunos matices más que en algunas entrevistas. Pero lo cierto es que, como señala Jean Birnbau en Le Monde des Livres, con esta obra "juega con fuego".
Por eso, creo que va a ser ensalzada o rechazada menos por lo que dice que por lo que se dice que dice.
En Francia hay quienes lo consideran nada menos que "portavoz de Marine Le Pen", como un ensayo escrito directamente contra la inmigración. Y en España hay quienes la alaban, como este comentario en La Razón: "El libro, sin pelos en la lengua, presenta un ataque a los occidentales que, por mala conciencia con su pasado, han relegado la defensa natural de su identidad europea para diluirla en una serie de identidades extranjeras a las que quieren dar carta de naturaleza".  


Es un libro que hay que leer para luego discutirlo y discutirnos. Quienes queremos ciudades abiertas y gershwinianas, quienes queremos que las cuestiones de la diversidad, la inmigración y la convivencia se planteen de manera constructiva, tenemos a Finkielkraut esperando.